La Virgen de los sicarios, de Fernando Vallejo. México: Alfaguara, 1994, 121 pp.

«Salí por entre los muertos vivos, que seguían afuera esperando». Con esta frase comienza el último párrafo que cierra la novela de Fernando Vallejo, La Virgen de los sicarios, una obra que, en algunos puntos, nos recuerda la propia vida del autor colombiano que lleva desde 1983 deleitándonos con sus palabras en distintos géneros; de hecho, ha cultivado la novela, el ensayo o la biografía como solo Fernando sabe hacerlo, mezclando realidad con ficción y haciendo de la crítica su bastón de mando.

Quizá las similitudes de La Virgen de los sicarios con su discurrir vital no sean tan claras como en la serie El río del tiempo, compuesta por cinco libros claramente biográficos, pero sí nos deja pinceladas que evocan paisajes de su vida, con esos lugares que tanta importancia tuvieron durante su infancia y adolescencia y a los que recurre a menudo, siempre que quiere, como Sabaneta o Santa Anita, la ya famosa hacienda de sus abuelos.

Nacido en 1942 y oriundo de Medellín, Fernando Vallejo es uno de los hijos del que fuera ministro con Guillermo León Valencia, en cuyo Gobierno ocupó varias carteras. Es homosexual declarado y lleva más de cuarenta años exiliado en el país azteca, donde vivía con su pareja hasta el fallecimiento de esta el año pasado. Ateo convencido, férreo crítico de la Iglesia y de la impronta de la religiosidad en las poblaciones más desfavorecidas, desnuda el alma de sus protagonistas para traernos un mundo de delincuencia, drogas, asesinatos, prostitución, pobreza, hipocresía y corrupción; un mundo donde las autoridades no hacen nada para combatir el crimen y la violencia ni para ofrecer oportunidades a los jóvenes de los barrios más pobres que no sea fútbol y miseria. Por esos sus libros son cuchillas afiladas que lanza sobre la supuesta democracia que el Gobierno defiende, que se contrapone a la ley que campa por las calles de ciudades como Medellín y de localidades como Sabaneta.

A través del estilo íntimo que emplea el autor a lo largo de la novela, como si todo lo que presenta en sus páginas se tratase de una confidencia que el propio Fernando le hace al lector, conocemos la situación que vive Sabaneta, esta localidad de Medellín que se encuentra sumida en una delincuencia por todos conocida y asumida, con la misma naturalidad con la que se asume el devenir de los seres humanos en este mundo, dentro del ciclo de la vida y la muerte, un ciclo donde la supervivencia es la prioridad máxima. Es, por tanto, este el aspecto más destacado de la obra: la conformidad con la que se acepta la delincuencia de la que el protagonista, de nombre también Fernando, es testigo al principio y que al final hasta incita.

El libro hunde sus raíces en la continua crítica social, política y religiosa a la que nos tiene acostumbrados el escritor colombiano. Por medio de un lenguaje llano, propio de la calle y de los personajes que con tanto acierto retrata, el texto recoge una realidad con escenas que, en determinados momentos, rozan lo esperpéntico y surrealista; escenas que una y otra vez le sirven al escritor para reivindicar una solución que los aleje de esa deriva en la que se encuentra flotando la sociedad colombiana. Para gritar a los cuatro vientos los males que azotan a su patria: la violencia, la normalización de esa violencia y el consentimiento silencioso de la Iglesia, La puta de Babilonia, que no clama al cielo, sino que oye, ve y calla. Y pide trece oraciones por los muertos. Pero, sobre todo, del Gobierno, que conoce la situación y no hace nada. Por eso, sus personajes, Alexis primero y Wílmar después, muestran como nadie ese mundo, en el que se mata por dinero, se hace de todo para salir a flote, y más después de la caída del Pablo Escobar, que tenía en nómina a la mayoría de la región de Antioquia, y en el que la vida vale tan poco que ni siquiera los niños merecen disfrutar de ese don. Todo ello mezclado con un ambiente donde la religiosidad impera y guía la vida de los martes; si hasta los sicarios le piden favores a la Virgen.

La obra conjuga realidad con denuncia social. En un mundo en el que se mata para acallar simples ruidos, los muertos inundan las calles. Los sicarios, sin trabajo, se buscan la vida mientras piden que alguien los vengue cuando ellos ya no estén, que otro dé la cara por ellos frente a la banda rival, con la que se respetan territorios, como el animal que orina para delimitar su espacio. No hay prohibidos: se matan niños, mujeres embarazadas, policías… Y la impunidad es tal que llega un momento que el lector, de manos del autor, lo asume como un comportamiento propio, como una ley no escrita de supervivencia en la que o matas o te matan y donde todo vale, todo está justificado y nada sorprende. Ni siquiera a aquellos que deberían velar por la vida de los fieles y que aceptan que no pueden luchar contra una batalla que está perdida. Y en medio de todo ello, la vida amorosa del protagonista, Fernando, que llora la muerte de Alexis mientras se consuela en los brazos de Wílmar. Todos son jóvenes que no tienen nada que perder y sí mucho que ganar en un mundo cruel donde viven olvidados por el Estado.

La trama, bien estructurada, coherente y creíble, sin cabos sueltos que alejen al lector del verdadero mensaje que Fernando desea transmitir con su novela, es un reflejo antropológico del día a día de los habitantes de la provincia medellinense, expuestos a las balas que surcan el aire en ese fuego cruzado. Porque es así como finaliza la novela: con una venganza. Porque es así como comienza la obra: «[…] cuando menos lo esperaba, lo mataron». Porque es así como los personajes que acompañan al protagonista de la historia se conocen. Y porque es así como acaban. Todo conduce al mismo sitio: la muerte. Precisamente por ello, los que todavía no están en el «anfiteatro», son muertos vivos. Precisamente por ello, la Muerte sigue tan viva en Sabaneta y en toda Colombia.

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